¿Sabias que…? Juglar

Un juglar era un artista ambulante en la Europa Medieval que, a cambio de dinero o comida, ofrecía su espectáculo callejero en las plazas públicas, y en ocasiones era contratado para participar como atracción y entretenimiento en fiestas y banquetes. De las cinco acepciones principales que la RAE (Real Academia Española de la Lengua) le da a “juglar” dos, insistiendo en su condición de vendedor de atracciones: “espectáculo a cambio de dinero u otras dádivas”. También señalan los académicos la sinonimia entre juglar y pícaro y, antiguamente, con trovador y poeta.

Por su parte, el semiólogo francés Patrice Pavis, se hace eco del sentido que en muchos países europeos se le da a “juglar” como “malabarista”. De ahí que juglar sea un término genérico en el que se incluyan farsantes, charlatanes, saltimbanquis, feriantes, acróbatas, (e incluso barberos, dentistas y amaestradores de animales, en el medio histórico-medieval).

De modo muy esquemático, suele asociarse al trovador con el autor (creador), y al juglar con el actor (intérprete). La conclusión más definidora de la diferencia entre juglar y trovador, parece evidente: el primero necesita un público y pertenece al ámbito teatral del espectáculo, el segundo (el trovador en su concepto de origen) no necesita público y se encuadra en el ámbito literario.

Al sector más cultivado de la juglaresca se le debe la conservación de un rico tesoro, transmitido en forma de tradición oral y que puede abarcar, en un sentido muy amplio, desde la poesía épica medieval hasta la poesía cortesana pre-renacentista.

Como herencia de la Europa medieval, el juglar aparecería como punto fijo (o parte del paisaje) en el «Pont Neuf» de París o en la Plaza de San Marcos veneciana. Muchas veces, su espectáculo (una auténtica performance física y lúdica) fue gratuito, como reclamo o anuncio callejero para invitaciones de aristócratas o grandes señores, entre los que a menudo se encontraban los eclesiásticos más ricos y poderosos. Así, fueron mencionados en la Historia de España, a finales del siglo X, ‘invitados’ a las bodas de las hijas del Cid y en diversos pasajes de otras grandes Crónicas europeas y muy variadas obras anónimas de la alta y baja Edad Media.

Como muestra, una obra medieval de la literatura castellana escrita en versos alejandrinos y estrofa cuaderna de la mitad del siglo XIII y perteneciente al Mester de clerecía:

 

“Luego al otro día casi de madrugada,

levantóse la dama ricamente adornada,

tomó una viola buena y bien templada,

y salió al mercado a tocar por soldada.

Comenzó unos ritmos y unos sones tales

que gran dulzor traían y eran naturales;

henchíanse de hombres aprisa los portales,

no caben en las plazas, súbense a los poyales.

Cuando con su viola hubo bien agradado,

a gusto de los pueblos bastante hubo cantado,

tornóles a decir un romance rimado,

de ese mismo suceso por que había pasado.”